Cuando el gobierno de EE.UU. interviene en la educación de los hijos de mexicanos

“Que pase lo que tenga que pasar”, dijo  María Domínguez. Tomó a su hija “Lena” a la fuerza y la subió al coche. La quinceañera lloró, lanzó improperios y maldijo la hora en que nació cuando la madre le colocó el cinturón de seguridad y tomó el volante del coche hacia una estación de policía en Carolina del Norte.

Era la primera vez que María Dominguez recurría a las fuerzas del orden para intentar meter a su hija en cintura. Buscaba una orden de restricción en contra del novio dos años mayor, con quien la niña se salía de clases. La madre quería poner una barrera legal entre ambos.

En la estación de policía, los agentes tomaron notas. Escucharon con atención y parecía que iban a ayudar a la familia de la adolescente hasta que le preguntaron el nombre del novio y la chica no quiso decirlo; la madre tenía un nombre, pero era un nombre falso. “No podemos hacer nada si su hija no quiere dar el nombre, señora”, le dijeron.

La madre estaba impotente y frustrada. “Yo había ido a pedir ayuda sin importarme nada, ni el idioma ni los papeles, porque el temor a que ella salga embarazada o no termine el high school es más grande”.

El teror de María Domínguez tiene fundamento: las hijas de inmigrantes presentan un mayor número de deserciones escolares y embarazo adolescente.

En un informe del Departamento de Educación de Estados Unidos, el Centro Nacional de Estadísticas de Educación señaló que, a partir de marzo de 2021, solo 18% de los estudiantes asiáticos, 35% de los latinos y 36% de los afroamericanos asistían a clases a tiempo completo y presenciales en las escuelas que atienden a alumnos desde cuarto grado.

El embarazo adolescente es una de las causas. Aunque los nacimientos entre las adolescentes hispanas y de raza negra se han reducido en casi la mitad desde el 2006, persisten retos importantes para muchas comunidades: en algunos estados, las tasas de nacimientos entre las adolescentes hispanas y de raza negra fueron más de tres veces más altas que las de raza blanca.

Los enfrentamientos

Lena se salía de clases y no regresaba sino hasta las 5:30 de la tarde, tres horas después del fin del horario escolar. Por las noches, se escapaba a hurtadillas con el novio y, cuando sabía que los padres estarían trabajando, llevaba al muchacho a su casa desde muy temprano.

De todo ello se enteraron María Dominguez y su esposo cuando pusieron cámaras en casa cuando vieron que  Lena se había transformado de la noche a la mañana. De ser una chica trilingüe (habla y escribe perfectamente el inglés, el español y el francés) a salirs de clases; de tener diplomas de gimnasia y las notas más altas a considerar a sus progenitores los peores enemigos.

Fue durante el cumpleaños más reciente del padre cuando tuvieron la discusión que las llevó a la estación de la policía. Ante la negativa de Lena de dar el nombre, la madre le dio un “cinturonazo”. Le hubiera dado más, afirma, pero la perrita de la muchacha se lo impidió: atacó a la madre.

“No pasó a mayores pero fue un momento muy triste”, recuerda María Domíguez en entrevista telefónica con este diario. “Ella tomó sus cosas y se fue”.

Su reacción inmediata fue ir por ella. Pero no quedaron a gusto con la acción. El padre estaba harto. “Si eso quiere, que se vaya. O yo la llevo y la voy entregar a los padres del muchacho con la advertencia de que, si no se entienden, no quiero a mi hija de regreso”.

Parecía un buen plan, según los usos y costumbres mexicanas, pero no en Estados Unidos, les advirtió el abogado: “Si lo hacen podrían enfrentar los cargos de abandono de menor”. Fue entonces cuando se dieron cuenta, por primera vez, que estaban frente a un sistema de educación para criar a los hijos que no conocían y que era sólo el principio.

En busca de soluciones, los padres pensaron que un internado sería una mejor idea. Investigaron lugares, costos y beneficios. Parecía que sería una buena opción pero en la escuela los atajaron: tenían que hacer una evaluación sicológica para determinar que la chica realmente necesitaba un internado y Lena tenía que estar de acuerdo.

La madre no podía creer lo que estaba ocurriendo. A su juicio, el Estado norteamericano está sobreprotegiendo a los niños y está haciendo a un lado a los padres. “Nosotros queremos lo mejor para nuestros hijos, ¿por qué el Estado pone tantos obstáculos”, se cuestiona.

Eliades Hernández, trabajador social y terapeuta de adolescentes en una escuela en Chicago, dice que hay un choque cultural entre los padres latinos, acostumbrados a decidir 100% sobre los hijos menores de edad, y el sistema estadounidense que se considera corresponsable de la formación de los niños.

Si hablamos de un internado lo tiene que aprobar la familia, la escuela y el estudiante. Todo mundo tiene que estar de acuerdo. Pero un internado es en casos extremos, en la mayoría de los casos, se soluciona con terapia y los padres deben involucrarse mucho”.

El consejero escolar dice que lo mejor para evitar choques culturales es involucrarse en las capacitaciones para padres que dan los distritos. “Así, cuando los hijos llegan a la adolescencia, los padres están más orientados sobre lo que tienen que hacer”, detalla. “Lo que pasa muchas veces es que los padres trabajan mucho y no tienen tiempo, pero yo les digo que deben hacer un tiempo, un esfuerzo para involucrarse”.

María Domínguez, su hija y la trabajadora social de la escuela acordaron en fechas recientes que era mejor que la chica tomara una terapia sicológica.  Desde entonces, la niña ha cambiado: se ha unido más a la familia, colabora en los quehaceres domésticos.

Sigue con el novio y María Domínguez sigue inconforme porque frecuentemente se lo encuentra en la calle cuando debería estar en clases  y le preocupa la influencia que pueda tener sobre su muchacha. “Sigo al pendiente”, reconoce. “Pero he aprendido mucho de que no importa que no tenga papeles voy a hablar con quien tenga que hablar para que mi hija acabe sus estudios”.