Historia de las maras, las pandillas salvadoreñas enfrentadas a Nayib Bukele

Nayib Bukele ha emprendido una guerra contra las maras de El Salvador. Aunque actúan en este país centroamericano, su origen está en los refugiados de la guerra civil salvadoreña que huyeron a Estados Unidos. Las dos principales son la Mara Salvatrucha 13 y Barrio 18, organizaciones muy poderosas a las que el estado salvadoreño ya intentó combatir anteriormente con la técnica de la «mano dura», pero que fracasó en el intento.

El Salvador vive por estos días uno de los momentos más violentos de los últimos años. El presidente Nayib Bukele ha lanzado una polémica campaña de represión contra los miembros de todas las pandillas del país, conocidas como maras, que asolan con violencia a esta nación desde hace décadas. Pero ¿de dónde surgen estas organizaciones y por qué El Salvador no ha podido hasta ahora con ellas?

Para averiguarlo hay que retroceder hasta 1980. En esa fecha comenzó la guerra civil de El Salvador que enfrentó durante 12 años al Gobierno, apoyado por Estados Unidos, con la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. Un conflicto marcado por la extrema violencia que dejó más de 75.000 muertos y alrededor de 400.000 refugiados salvadoreños en Estados Unidos. Es en estas familias que huyeron de la guerra está el origen de las maras.

El origen de estas pandillas está fuera de El Salvador

Estos migrantes llegaron mayoritariamente a la ciudad de Los Ángeles. En un ambiente hostil, los adolescentes de estas familias fueron los primeros en unirse para protegerse de otras pandillas urbanas. La mayoría se alistó en dos grupos: el conocido como Barrio 18, de orígenes mexicanos pero que aceptó a salvadoreños y la Mara Salvatrucha 13, de esencia puramente salvadoreña. Estos dos grupos, en un comienzo aliados, empezaron a aumentar su influencia en los barrios bajos de Los Ángeles hasta que en un momento se convirtieron en rivales.

Las dos pandillas se caracterizaron por su extrema violencia. Su poder fue tal en California que la solución que Estados Unidos planteó fue la extradición masiva de estos pandilleros hacia El Salvador a mediados de la década de 1990. Se estima que unos 4.000 fueron arrestados y deportados. Una solución cortoplacista. Que a la larga traería consecuencias.

Estos mareros llegaron a un país pobre, devastado por la guerra y con familias rotas. El caldo de cultivo perfecto para seguir creciendo. Estas maras se hicieron con el control en las calles y comenzaron a reclutar a miles de jóvenes provenientes de familias pobres, cuya única salida era unirse a estas organizaciones, que los formaban desde adolescentes.

Desde un comienzo, se exige a sus miembros fidelidad absoluta a la mara y se los entrena para cometer asesinatos, violaciones, secuestros y extorsiones. La mayoría de ellos están marcados por todo el cuerpo con tatuajes de la mara a la que pertenecen…y la traición se paga con la muerte.

Barrio 18 y Salvatrucha 13, dos pandillas marcadas por la extrema violencia

La rivalidad entre Barrio 18 y la Mara Salvatrucha 13 fue creciendo hasta puntos insostenibles. Los asesinatos diarios se multiplicaron en El Salvador durante los 90. Estas organizaciones comenzaron a controlar territorio donde el Estado salvadoreño no estaba hasta el punto de tener presencia en el 94% de los casi 300 municipios que conforman El Salvador.

Bajo la presidencia de Francisco Flores, entre 1999 y 2004 se empezó a recurrir a la táctica de “la mano dura”. Frenar violencia con más violencia. El Estado comenzó una campaña de detenciones masivas en las que también hubo asesinatos a mareros.

Una política muy cuestionada que además terminó con la vida de cientos de civiles que fueron confundidos con pandilleros o simplemente se vieron en fuego cruzado y que, además, no sirvió para poner fin a las maras. De hecho, su poder aumentó desde las cárceles, donde pudieron reorganizarse con relativa tranquilidad, ya que normalmente tenían penales exclusivos para cada pandilla.

Esta situación hizo que en 2012 el Gobierno buscara una tregua a cambio de beneficios carcelarios. Algo que fue muy impopular en la población a pesar de que los asesinatos se redujeron a la mitad entre ese año y 2014. Sin embargo, el final de la tregua en 2015convirtió a El Salvador en el país más peligroso del mundo, al alcanzarse la cifra de 105 homicidios por cada 100.000 habitantes.

Una situación dramática que empujó a miles de salvadoreños a huir del país por miedo. Irónicamente, las maras que se formaron en los 80 en Estados Unidos y que fueron expulsadas por su violencia, generaron una crisis migratoria 30 años después que afectó de lleno a Estados Unidos.

Violencia para frenar violencia

Es en este contexto en el que aparece la figura del presidente Nayib Bukele en 2019. Una de sus principales promesas fue terminar con la violencia de las pandillas. Y así fue durante sus primeros años de mandato. Las tasas de homicidios bajaron de los 105 a los 20 por cada 100 mil habitantes.

La cuestión es que esto parecía responder a un acuerdo secreto con las maras a cambio de beneficios, algo que el Estado siempre negó pero que medios de comunicación locales como El Faro e incluso Estados Unidos confirmaron. Por lo que el aumento de asesinatos en los últimos días y la draconiana reacción de Bukele, que decretó el Estado de excepción y ordenó encarcelar a miles de pandilleros y racionar la alimentación de los presos, parecen responder a una ruptura de esos acuerdos.

Bukele vuelve a tácticas que sus antecesores ya utilizaron y que se demostró que no sirvieron de mucho ante un problema que es difícil de solucionar con más violencia. Especialmente porque el poder estructural que tienen estas maras existe gracias a la profunda desigualdad y pobreza que sufre El Salvador hace décadas.